Para una interpretacion de Pitagoras

Autor
Vasconselos, J.
Erschienen in
Miscellanea de Estudos a Joaquim de Carvalho
Jahr
1959
Thema
MUSIC
Sprache
Español
Kategorie
C13 Kunst
Archivnummer
1292

PDF öffnen(öffnet in einem neuen Fenster)

Volltext anzeigen5 Seiten

Seite 1

Im PDF ansehen(öffnet in einem neuen Fenster)
ara una interpretación de Pitágoras: VASCONCELOS J., MEJC 2 1959 168-172. n esthétique des théories pythagoriciennes les plus Interprétatio CELOS]. explication y ASC caractéristiques: nombres, rythme, harmonie, musique. L de l'univers balance toujours entre deux pôles: l’ordre matériel de la nécessité et l’ordre spirituel de la beauté, Newton d'un côté, et Pythagore ps a de l'autre. _ Para una interpretación de Pitágoras POR vue el de número la no es el principio doctrina reconoce el pitagórica, mismo lo Aristoteles cuando dice que «investigaban la esencia del numero». Al hacerlo, descomponianlo en sus dos elementos, par e impar, reconociendo desde luego que no era un principio simple. Si meditamos debidamente el pensamiento pitagorico, hallamos muy natural que se haya notado el desdoblamiento del ntimero v tambien su unidad: esa unidad la precisò al definirla como armonia, o el lazo de unión entre lo par v lo impar, los componentes contrarios. Lo que para ellos era importante en el numero, no era la discordia, sino su unidad, su armonia. Al hablar del numero tres, la triada ideal, la declaraban perlecta, porque tiene principio, medio vy fin. La década era simbolo de lo universal, porque en ella veian contenidas todas las categorías del ser. El número no era para ellos elemento cuantitativo, tracción del espacio, sino la medida de lo dinámico, la formula de un valor irreductible, el movimiento rimado v monístico de lo múltiple. Filolao combina la noción pitagórica del número con la noción del ser Uno de Parménides; de esa suerte se aparta por completo de lo que pudiéramos llamar el esteticismo pitegorico, para entrar al terreno fácil de la escolástica de las 168 ideas formales; sin embargo, conserva al Uno matemático su carácter inferior del Uno absoluto; lo coloca, en su tabla de oposiciones, como uno de sus diez términos: el contrario de lo multipie. Entre el uno v lo múltiple reconoce la acción del principio superior, de la armonía que los une. Esa manera de tusión de las cosas en la armonía, es el concepto capital del pitagorismo. Para descubrir este lazo íntimo que asimila los dos órdenes de existencia, el mundo v el yo, el sujeto y el objeto, los pitagoricos partían del sentido de orden y ritmo innato en la conciencia. Si bien es cierto que nos hablan de la composición de los objetos externos, y de su movimiento condicionado al número, la ley que dan a ese movimiento, la norma de la escala musical, no la han descuberto analizando los objetos, sino oyendo dentro de sus propias almas y comprobando despues, que así como intertormenie, por fuera tambien el mundo es ritmo. Según Aristóteles, pitagóricos es movimiento propio, un el «alma de los número que y la esencia como posee del número es la esencia de las cosas, creveron descubrir una similaridad radical entre números y cosas». Ahora bien, el numero como hemos visto, quiere decir el ritmo; v como nociön del

Seite 2

Im PDF ansehen(öffnet in einem neuen Fenster)
PARA UNA INTERPRETACION ritmo es interna, subjetiva, resulta que al hallar su comprobacion en las cosas, descubrieron, en el mismo instante, el lazo que liga a la conciencia con las cosas. Afirmaron la afinidad ritmica de las dos corrientes paralelas, la de la vida interna v la de la naturaleza exterior. Pitagoras quizás no llegó a notar que el ritmo del espiritu, en realidad, es opuesto al ritmo natural de las cosas; no supo lo que despues dijo Plotino: que vl movimiento de las cosas es hacia abajo y el del espiritu hacia arriba. Pero si comprobó, el primero, que las cosas suelen asumir en la contemplación estética el ritmo del espiritu, independientemente del que les es propio. Dejó establecido que el ritmo del espiritu es uplicable a las cosas; y de esta observación es va fácil deducir que la belleza se produce cuando las cosas adaptan su expresión al ritmo del alma humana, o lo que es lo mismo: en la facultad estética del yo reside el secreto de la comunión con las cosas. Así es como opera el espíritu sobre la materia, mediante la ley de belleza, bajando hasta las cosas para iniundirles aliento y aspiración superior: la visión del artista redime lo feo; la virtud del santo norma y corrige lo malo; y el filósofo, interpretando el conjunto, es un artista en grande. ¿Cuál es la ley de ese ritmo? Considerándolo en sus elementos metatísicos, podríamos definir el ritmo como el enlace en la existencia de los elementos del tiempo con los elementos del espacio o cantidad. Lo que sea la sustancia absoluta, nos es desconocido; pero lo que percibimos como esencial del cuerpo externo, tiene afinidades con lo que nos parece la esencia del yo individual. Esta sustancia, aparentemente idéntica, no se halla quieta, sino que posee una perpetua movilidad, no de correr uniforme, sino de curso alternante, imprevisible, misterioso; la volubilidad extraña de ese movimiento es lo que llamamos el ritmo libre. Y desde luego se nos presenta la necesidad de establecer una distinción entre dos movimientos que, dentro de la existencia general de las cosas, parecen DE PITAGORAS contradictorios. La ley de los tenómenos todavía no era conocida de los pitagóricos en la unitormidad determinada que hoy le asignamos al reconocer en todos los cambios la proporción entre la causa y el efecto, la conservación general de la energia. Ellos no conocieron estas regularidades; por eso su concepto filosófico del mundo coincide con las percepciones del arte, con el instinto estetico, aunque no con la realidad de la experiencia sensible. Actualmente juzgamos la naturaleza con dos criterios: el radical o científico, y el estético; con la razón pura y con el juicio estético, que, a semejanza del imperativo categórico de Kant, nos dice: así es lo bello, asi se encuentra; no comparando y aquilatando cualidades externas, sino haciéndonos la voz secreta de las cosas, dándoles el hálito que les falta, tomándolas dentro de nosotros, como si fuéramos el conducto por el cual todo lo que en naturaleza es no-ser, aspira al ser completo. Si contemplamos toda cosa sin fin alguno de utilidad o de soce, con desinterés perfecto, el mundo externo nos deja de ser extraño, se contagia con nuestro interior, se acomoda a el, y sucede como si el espíritu eligiese entre todas las posibilidades del movimiento tenomenal, para formar, por el interior del dinamismo fisico, pesante, de la materia, una contracorriente- mucho más ágil, desinteresada, afin de la del ser consciente, y misteriosa como el, en su correr indefinido. Caracterizar el ritmo de lo subjetivo, el desinterés que lo distingue del movimiento condicionado, interesado, finalista de la materia, así como el alcance de su poder, sería materia para toda una estética, cuyo punto de partida, implicito en el pitagorismo, podria expresarse en estos términos: la belleza es una coincidencia rítmica entre el movimiento natural del espíritu y el movimiento ya reformado de las cosas, ya no causal, sino acomodado a lo interno, convertido al espíritu. Acaso es esto lo que pensaban los pitagóricos cuando decían: «un mismo ritmo mueve las almas y las estrellas».

Seite 3

Im PDF ansehen(öffnet in einem neuen Fenster)
MISCELANEA DE ESTUDOS A JOAQUIM DE CARVALHO ción constante. Porque el mundo y la vida distan mucho de estar concluidos, y si lo están, nada pueden ofrecer que ¿Por que decir ritmo y no armonía ? Se objetara: Pitagoras usa la palabra armonta, y Filolao la define como el enlace de lo Uno v lo multiple. Pitagoras la aplica al equilibrio movil y uniforme de los cuerpos celestes, al concierto tinico de los sonidos en la octava, a la proporcion y medida invariables de los actos de la virtud. Pitägoras, se puede insistir, no pretende que el espiritu cambia la ley de los cuerpos; mas causa y raíz, la fuente del fluir perpetuo bien enseña identidad armonica entre lo objetivo y el alma, al grado de que de la naturaleza». Este fluir indefinido y denso es lo que Pitágoras percibía, y lo cuando le falta un mundo para completar las exigencias de su sistema, inventa uno e imagina la Antitierra, que completa la década formada por el sol, la tierra y los ocho planetas de su cosmografia. Cumple asi el proposito de elaborar una norma, la norma matematica, que encierra en si el mundo y el espiritu, sumisos ambos al concepto formal. Indudablemente que entre los pitagoricos hubo muchos que de esta suerte discurrieron; pero vuelvo a hacer notar que en esta tesis nos encontramos, una vez mas, con el prejuicio formalista que cree explicar algo porque lo cuenta o lo subdivide, 0, como diria Bergson. toma por explicacion la figura que describe el movimiento y descuida el valor del movimiento mismo. Es este otro caso en que el simbolo desvirtua el concepto, en que la percepcion equivoca el ritmo por el número, la progresión matemática por la orientación estética. La armonía da idea de equilibrio condicionado, completo; es un ennoblecimiento de la forma fatal v genuina de una naturaleza llegada a pertección. Pero es la cristalización máxima de una naturaleza entregada a sus propias leves, sujeta a su orden recurrente, a su dinamismo en círculo. No es el impetu del espíritu, siempre inconcluso, cuyo ritmo huye lo estático y constantemente ensaya y construve porque la armonía y la forma le resultan cárceles que la emoción desgarra, hastiada de concierto y decidida a avanzar, aunque tropiece con lo discorde; resuelta a desenvolverse, irregular, en perpetuo acecho v en explora170 merezca la eternidad de la armonía; por eso no es la armonía concepto definitivo. Jámblico, que para las cosas del espíritu tiene mucho más instinto que buena parte de los sabios modernos, nos transcribe la i6rmula juramental de los pitagóricos: «Juro por quien reveló a los hombres la tetrarquia que suelen expresar, en inspiración, los grandes sagrada, la momentos de músicos, Beethoven, Schopenhauer y Nietzsche; especialmente el segundo, cuya voluntad de vivir es una especie de ciego ritmo, explorador de todas las potencialidades del ser. Pitágoras no debe haber encerrado el flujo universal dentro de los límites de la octava; lo comprendía proteico: se adelantó como esteta teórico, al arte de los compositores modernos, que crean musica sin más orientación que las leyes misteriosas del gusto, es decir, interpretando la potencialidad ilimitada de los ritmos estéticos nativos en cada ser. En la música moderna se realiza la intuición pitagórica de un ritmo libre que no halla en la torma expresión, porque no es trivialidad que en la forma se satisface, sino poder que liberta a la forma de su esclavitud concreta, poniéndole alas que le devuelvan la divina movilidad e infinitud. Todo lo contrario de lo que Walter Pater, en su estudio de Platón, afirma del pitagorismo, cuando dice que su esencia reside «no en lo infinito, ni en eternidades, infinitudes y abismos, sino en lo finito, controlador eterno del infinito intorme, en la expresión frente a la no expresión». Volviendo sobre esta última trase de Pater, diríamos que el pitagorismo es la post-expresidn: por ejemplo, en la estatuaria griega, el arranque y vuelo de las figuras, no la linea que fija el contorno: y en musica, la melodia que investiga y ahonda, jamäs la armonıa, que es conformidad transitoria de lo incompleto.

Seite 4

Im PDF ansehen(öffnet in einem neuen Fenster)
PARA UNA INTERPRETACION DE PITAGORAS Ocurre en seguida una reflexión: el principio creador ¿cómo trabaja, si no cantes — de Filolao — donde las ideas pitagoricas ostentan el blasón de la es mediante la realización de formas sobre la masa informe, de vida sobre lo estirpe misteriosa. inerte? Vivir, en cierto sentido ciego, no De que el ritmo era la noción pitagórica, y no la armonía, existe otra prueba, aún más importante: la fe religiosa de Pitágoras: su doctrina de la transmigración. La mayor parte de los autores modernos establecen una división infranqueaes sino realizar expresiones: la expresión es la meta; lo inexpresado no existe aún, y espera la mano del arte que lo anime y cumpla, o el soplo efímero y vacilante de la mera actividad fisiológica. A esto sólo se puede responder que la forma no es más que un aspecto de la existencia, no su esencia: variedad incontable de simbolos que sólo valen por un contenido que jamás reproducen y si muchas veces desfiguran. Cada forma, cada acto, cada realización es huella en los senderos del tiemble entre la doctrina filosófica de Pitágoras y lo que tratan como sus supersticiones religiosas. Zeller se excusa de estudiar el credo de la transmigración, profesado por los pitagóricos, afirmando po, mamento indestructible, ligado para siempre con todo el resto de cuanto ue no se relaciona con los conceptos filosóficos de la escuela. Sin decirlo, supone a Pitágoras en el estado, completamente moderno, de ciertos pensaexiste, pero nunca el fin verdadero de dofes ortodoxos cuya ciencia choca con tendencia alguna. un dogma que es profesado aparte, por deber religioso. Y es el mismo Zeller quien enseña que en la edad pitagórica no existía divorcio entre razón y fe, ni siquiera oposición entre materia y espi- Y el ritmo ¿no es una forma? Indudablemente que si. Si por forma se entiende toda realización material o ideal; más ampliamente, toda expresión. El ritmo es todavía forma: la más libre y la menos concreta de todas las formas, la última en que se organiza y manifiesta la corriente inmaterial de la vida. Pero, por su mismo carácter, no nos detiene en lo concreto, sino que nos lleva consigo, nos hace ambicionar lo infinito. La aspiración de encontrar ritmos esenciales debe haber sido constante en el arte pitagórico; por eso se equivoca Jámblico cuando nos cuenta que Pitágoras usaba la música de la lira y proscribía la flauta por «indolente y sensual». La lira no debe haber sido, para Pitágoras, más que acompañamiento de un pensar con que él sustituía el són grueso de la flauta, remedo sagrado del flujo creador, eco inconfundible de la obra de Pan en el universo: síntesis de un estado en que la armonía es sólo brillo y aureola de algo profundo que pasa. Pitágoras, en realidad, no era hijo de Apolo, como cuentan las leyendas irreilexivas; su tronco paterno era el de Dionisos. Así lo atestiguan su doctrina y el nombre del libro perdido Las Baritu. Si la metafisica de Pitägoras era progresiva, su estética debe haberlo sido igualmente. En tal caso, es inconciliable la armonia pitagorica, rigiendo ad eternam todas las cosas, con la creencia, también pitagôrica, de la metempsicosis, que es el destino envolvente de las almas, su progresiön perpetua desde el no-ser hasta el ser pleno. El concepto de armonia dista mucho de este dinamismo indefinido, y mas bien parece una nôcion correlativa de los desarrollos tormales de la doctrina del número: reflejo estetico de las hipötesis racionalistas del mundo. Seguramente, para Pitägoras las cosas eran pluralismo acordado a la ley de hermosura: concierto polifonico en cuyo fondo se desenvuelve el ritmo amorfo y perenne de un devenir inefable. La estética de Pitagoras no se aparta, por lo mismo, de su creencia religiosa ; por el contrario, coincide y se une a ella con singular acuerdo. Al observar que el ritmo del espiritu es aplicable a las cosas, y que la belleza se produce cuan171

Seite 5

Im PDF ansehen(öffnet in einem neuen Fenster)
MISCELANEA DE ESTUDOS A JOAQUIM DE CARVALHO do concuerdan lo interno y lo externo, no supone que tal es el fin supremo de todo esfuerzo; da el secreto de la union con las cosas, pero no el derrotero final del ser. Unicamente ejercita un instinto melödico, que ensaya encontrar: el ritmo hondo, el ir misterioso de la vida universal. La música, para el pitagorico, es la expresión auditiva de una especie de ritmo íntimo, común a las cosas y a la conciencia: la voz de las cosas, cuando se mueven fuera del curso de la lev de necesidad y se igualan al actuar desinteresado de la conciencia. De esta suerte la música enseña el secreto del arte, el cual consiste en libertar a la materia del imperio de la necesidad, imprimiendole, en la contemplación, un movimiento de ritmo irregular, inverso del que impone la mecánica natural. El músico da a la materia, a la tripa vibrante, al tubo de caña, la entonación 172 y el aliento de la cosa móvil, casi temblante, que llevamos en el fondo del yo humano: humaniza la materia, la convierte al ritmo propio del alma, y también purifica al alma, apartándola del contagio de la ley causal y necesaria y soltándole sus propias alas. En la música, como en todo arte legítimo, la materia adopta ritmos opuestos al newtoniano y similares al pitagórico : y toda esta oscura doctrina del ritmo estético me parece clara si decimos: la naturaleza se gobierna, en el orden fenomenal, por la ley de causalidad, y en el orden del espíritu por el ritmo pitagórico de io desinteresado y bello. Lo newtoniano y lo pitagórico son los dos polos necesarios de toda cosa pensable: el orden material de la necesidad, y el orden espiritual de la belleza. JOSÉ VASCONCELOS