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vi-vii
The Ancient Musical Tradition in Latin Writers of 6th and 7th
Centuries
Fuensanta Garrido domené
Universidad de Córdoba
fgdomene@uco.es
http://orcid.org/0000-0002-9895-2936
Felipe aGuirre Quintero
Universidad de las Islas Baleares
felipe.aguirre1@estudiant.uib.cat
http://orcid.org/0000-0003-0979-644X
Fecha de recepción: 10-05-2021
Fecha de aceptación: 18-10-2021
RESUMEN
Este artículo está dedicado a los tratados musicales escritos en latín entre los siglos vi y vii.
A través de estas páginas se dará una visión concisa, ecléctica y panóptica de autores latinos que
vivieron entre estos siglos y que dedicaron su obra o parte de ella a nociones relacionadas con la
ciencia harmónica de los antiguos griegos. En este estudio se evidenciará la selección de ciertos
aspectos de la teoría musical griega en su paso hasta la Edad Media, como la pérdida paulatina de
la cuestión notacional vocal e instrumental, así como la progresiva importancia que fue adquiriendo
la rítmica y la métrica en los tratados musicales de esta época.
Palabras clave: Boecio, Casiodoro, Isidoro de Sevilla, música griega antigua
Topónimo: Europa
Período: Edad Media
ABSTRACT
This article is dedicated to the musical treatises written in Latin between the 6th and 7th
centuries. Throughout these pages there will be given a concise, eclectic and panoptic view of the
Latin authors who lived between these centuries and who dedicated their work or part of their work to
notions related to the harmonic science of the ancient Greeks. This study aims to show the selection
Page 2
View in PDF(opens in a new window)of certain aspects of Greek music theory in its evolution to the Middle Ages, such as the gradual loss
of the vocal and instrumental musical notation, as well as the progressive importance that Rhythmics
and Metrics were acquiring in the musical treatises of this era.
Keywords: Boethius, Cassiodorus, Isidore of Seville, ancient greek music
Place names: Europe
Period: Middle Ages
1. INTRODUCCIÓN
El panorama que rodeó la música de los siglos vi y vii estuvo determinado por las
profundas transformaciones que sufrió Europa a nivel religioso y –especialmente tras la
disolución del Imperio romano, en el año 455– sociopolítico. Ese clima hostil que se respiraba
en las primeras décadas del siglo vi se mezcló con un afán, centralizado en ciertas élites
de poder, por preservar los monumentos y documentos que una posible decadencia de la
cultura amenazaba con destruir (Barney, Lewis, Beach y Berghof, 2006: 8; Braulio, Renot.
358, ed. Lynch-Galindo). En este sentido, los autores que se presentarán en este análisis
–Boecio, Casiodoro e Isidoro de Sevilla–, en tanto últimos eslabones de esa cadena de
transmisión de conocimiento de la Antigüedad Tardía a la Edad Media, son un claro ejemplo
del carácter enciclopédico, didáctico y a veces en extremo sintético que la época exigía.
En cuanto a sus aportaciones a la teoría musical, como se verá, el punto de inflexión
que une a estos tres tratadistas es una cierta percepción ambivalente de la música, que
es concebida como un ordenamiento superior de los astros, en tanto exponentes del
macrocosmos –en el que interviene el número como matriz generativa de toda relación
harmónica entre ellos–1, y como reflejo de esta perfección cósmica en el ámbito de
lo humano, donde la unión concordante de las partes del alma y de esta con el cuerpo
representan una dimensión, si se quiere, más práctica o ética2. Tensados entre estos dos
polos, que representan también las dos escuelas o formas de concebir la finalidad de la
música, los autores que aquí se analizarán representan –cada uno en su contexto– una
síntesis unitaria y fecunda de ese complejo desarrollo teórico.
2. BOECIO
Conocido por la tratadística, junto con Casiodoro, como el verdadero transmisor
de la cultura musical antigua al Medievo, la obra musical de Severino Boecio marcó un
punto de inflexión en la tendencia musicológica posterior. La singularidad del De institutione
musica de Boecio, además de la especificidad de su planteamiento, de su enfoque técnico
y su aceptación y acogida hacia las tradiciones musicológicas anteriores, reside en su
carácter jánico, en tanto que mira y cierra las antiguas tradiciones griegas en cuestiones
musicológicas y, al mismo tiempo, abre la musicología posterior:
1 Se conservará la h etimológica en harmonía y sus derivados por tratarse de un concepto eminentemente
griego (ajuste o afinación de los distintos grados de la escala), diferente a la moderna noción de armonía
(emisión simultánea de varios sonidos musicales). Asimismo, se mantendrá la forma etimológica monocordo,
más correcta que monocordio (con la inserción de una -i- sin justificación fonética y evolutiva), procedente del
griego μονόχορδον y del latín monochordum. El mismo criterio se ha mantenido para tetracordo (τετράχορδον
y tetrachordum) y octacordo (ὀκτάχορδον, octachordum).
2 El peso que da Boecio a la segunda de estas dos acepciones se refleja, por ejemplo, en el Proemio a su
tratado: musica vero non modo speculationi, verum etiam moralitati coniuncta sit (“la música está asociada
tanto a la especulación como a la moralidad”, Boeth. Mus. I 1.187, ed. Friedlein). Para este pasaje y los
restantes boecianos, se seguirá la traducción de Villegas, 2005.
Page 3
View in PDF(opens in a new window)Es el último intento por parte de un escritor latino de ofrecer una visión de conjunto
de la antigua música griega; es asimismo el primer gran monumento de la teoría musical
del medievo; su enorme influencia, sobre todo a partir del siglo ix, es incuestionable (Luque,
Fuentes, López, Díaz y Madrid, 2009: 8).
Nacido en una familia senatorial, el papel de Boecio (ca. 480-524) en la política
cultural y administrativa de Teodorico, favorecido, además, por el apoyo de su suegro, el
senador Quinto Aurelio Memio Símaco, es a día de hoy incuestionable3. La trascendencia
del trabajo de Boecio, al mismo tiempo, está en su dominio de la lengua griega, lo que le
permitió, a diferencia de la mayoría de sus predecesores, conocer de primera mano obras y
comentarios de filósofos y hombres de ciencia de la antigua Grecia. Estos textos, de hecho,
conformaban el programa de estudio de las escuelas neoplatónicas de Atenas y Alejandría,
donde Courcelle (1969: 273-318) presupone que Boecio estudió con Amonio. De hecho,
el plan de formación de estos centros giraba en torno a las disciplinas Aritmética, Música,
Geometría y Astronomía. Así las cosas, ante el temor de que toda aquella preciosa herencia
cultural de la Antigüedad se perdiera con el por entonces considerado, al menos entre los
hombres de estudio, declive de la civilización, Boecio, como Símaco y otros anteriores a
él, manifestó su empeño en mantenerla viva por medio de traducciones, adaptaciones y
comentarios, una empresa que hoy se conoce gracias a Casiodoro:
Translationibus enim tuis Pythagoras musicus, Ptolemaeus astronomus leguntur
Itali; Nicomachus arithmeticus, geometricus Euclides audiuntur Ausonii; Plato theologus,
Aristoteles logicus Quirinali voce disceptant; mechanicum etiam Archimedem Latialem
Siculis reddidisti. Et quascumque disciplinas vel artes facunda Graecia per singulos viros
edidit, te uno auctore patrio sermone Roma suscepit.
(Así pues, gracias a tus traducciones, el músico Pitágoras y el astrónomo Ptolomeo
son leídos como itálicos; el aritmético Nicómaco y el geómetra Euclides son escuchados
como latinos; el teólogo Platón y el lógico Aristóteles discuten en la lengua del Quirinal;
incluso al mecánico Arquímedes lo convertiste en un siciliano del Lacio. Y cualquier
disciplina o arte que la fecunda Grecia produjo a través de cada uno de sus hombres,
contigo como único responsable Roma la acogió en su lengua patria). (Var. I 45.4)
Su ambicioso programa incluía obras relacionadas con una concepción ontológica
de estas cuatro disciplinas matemáticas4, que él mismo llamó Quadrivium (Arithm. I 1), la
traducción y comentario de todas las obras de Platón y de Aristóteles, especialmente las
relacionadas con lógica, ética y física5. Pese a la fusión y conciliación, en el pensamiento
de Boecio, de las dos principales escuelas filosóficas (Courcelle, 1969: 276-277), no pudo
llevar a buen fin este magnífico empeño, al ser juzgado, víctima de una calumnia, por
alta traición y condenado a muerte por ello. Con todo, el corpus de su obra conservado
incluye obras de importancia e influjo capital para la cultura de Occidente (Courcelle,
3 Gracias a la correspondencia que ambos mantuvieron se sabe del enorme respeto y admiración que
Boecio siempre mantuvo hacia Símaco. Sobre la figura de Boecio, cf. Obertello, 1974: 1-153; Matthews, 1981;
Kirkby, 1981; Luque, Fuentes, López, Díaz y Madrid, 2009: 7-54; y Kaylor y Phillips, 2012.
4 De ellas, Boecio concibió la aritmética como la ciencia de la multiplicidad en sí; la música, como la ciencia
de la multiplicidad en relación; la geometría, como la de la dimensión inmóvil; y la astronomía, como la de la
dimensión en movimiento.
5 Para una consideración del programa intelectual concebido por Boecio, véanse Courcelle, 1948: 263ss.
y 1973: 276-277; Obertello, 1974: 157-382; Chadwick, 1981; Gibson, 1981: 73-234; y Mathiesen, 2000: 322330.
Page 4
View in PDF(opens in a new window)1973: 257-312) como su comentario a los Topica de Cicerón; las traducciones, en muchos
casos con los pertinentes comentarios, de ciertas obras aristotélicas (Topica, Analytica
priora, Cathegoriae, Sophistici elenchi y De interpretatione); una introducción a la lógica
peripatética; varias obras teológicas, entre las que destaca De consolatione philosophiae,
que evoca el escrito de Marciano Capela por el empleo del prosimetron; y sus trabajos
sobre aritmética y sobre música6.
Concebido como puro conocimiento y no como un tratado de teoría o práctica
musical, De institutione musica es considerado hoy uno de los grandes monumentos de
teoría musical tardoantigua y medieval. Su influjo se hizo notar, especialmente, a partir de
la novena centuria (Mathiesen, 2000: 630, núm. 67). Este documento se enmarca en el
saber científico y filosófico, adquiriendo, por ello, cierto carácter propedéutico en tanto que,
en términos pitagóricos, conduce hacia el número y, a través de él, hacia la esencia de las
cosas:
Ita nobis musicam naturaliter esse coniunctam, ut ea ne si velimus quidem carere
possimus. Quocirca intendenda vis mentis est, ut id, quod natura est insitum, scientia quoque
possit conprehensum teneri. Sicut enim in visu quoque non sufficit eruditis colores formasque
conspicere, nisi etiam quae sit horum proprietas investigaverint, sic non sufficit cantilenis
musicis delectari, nisi etiam quali inter se coniunctae sint vocum proportione discatur.
([que] la Música está asociada a nosotros de forma tan natural, que no podríamos
prescindir de ella aunque quisiéramos. Por tanto, la fuerza de la mente debe ser dirigida de tal
forma que lo que es innato por naturaleza también pueda ser dominado por el conocimiento.
Igual que, tratándose del sentido de la vista, no es suficiente a las personas instruidas percibir
las formas y colores si no investigan también cuál es su esencia, tampoco es suficiente a
los músicos deleitarse con las cantilenas si no aprenden en qué proporción se combinan las
voces.) (Mus. I 1.187)
Habida cuenta de que dicho carácter propedéutico se deja ver con mayor claridad
en el primer libro, la crítica se aúna para reconocer la dificultad de encasillar este tratado
en un único género. Su única referencia es el ideal de la educación platónica a través de la
scala philosophiae, el sistema gradual del Quadrivium (Schrade, 1947; Wille, 1967: 656; y
Gushee, 1973). Este aspecto, además, ha llevado a algunos críticos a prestar atención a la
composición de este documento. En este sentido, Calvin C. Bower, uno de los estudiosos más
destacados sobre la figura de Boecio, ha demostrado que el De institutione musica de este
autor implica, como el De institutione arithmetica, un complejo proceso de traducción en el
que se vislumbra la asimilación de trabajos anteriores, combinada con glosas y anotaciones
marginales de su fuente para, finalmente, adaptarlo in Romanum stilum vertens.
Con un total de cinco libros, el tratado de Boecio se basa en la musica instrumentalis,
sin olvidar la musica mundana ni la musica humana; aunque estos dos tipos de música son
anunciados al comienzo del tratado, lamentablemente no se ha conservado su desarrollo y
explicación porque la obra está incompleta. Cada uno de ellos refleja una materia o incluso
una función identificativa: mientras que el libro primero sirve de introducción general a la
música pitagórica, las cuestiones propiamente técnicas definidas allí son tratadas en los
dos libros siguientes, dejando los dos últimos para asuntos tradicionalmente pitagóricos, a
saber, la sectio canonis, el sistema de notación y la teoría modal, por un lado (libro cuarto), y
6 Sobre todos estos trabajos, véase Obertello, 1974: 292-342. Sobre Marciano Capela, véanse Stahl,
Johnson y Burge, 1971 y 1977; Cristante, 1987; Grebe, 1993 y 1999; Ramelli, 2001; Zekl, 2005; Guillaumin,
2011; Navarro Antolín, 2016; y Garrido y Aguirre, 2016: 55-58, además de las ediciones de Dick, 1978 y Willis,
Page 5
View in PDF(opens in a new window)una revisión, bajo el prisma de la doctrina ptolemaica, de planteamientos acerca de la musica
instrumentalis dados al comienzo del tratado. Con un evidente apego a las matemáticas y
al pitagorismo inspirado, sobre todo, a partir de la obra de Nicómaco de Gerasa, Boecio
censura a Aristóxeno y su división de los intervalos. La música, para él, no es una ciencia
autónoma como lo era para Aristóxeno, sino una de las cuatro ciencias matemáticas que
procuran el conocimiento de la esencia.
Este orden expositivo no es, de facto, respetado, aunque parte de la crítica ha querido
ver en el libro primero cierta exposición compendiaria salpicada de no pocos compromisos
de ampliación y profundización temática posterior. Tales promesas provocan inevitables
repeticiones en lo que resta de texto y lo que se ha identificado como “exposición doble,
paralela se podría decir” (Luque, Fuentes, López, Díaz y Madrid, 2009: 19), desde los libros
segundo al cuarto, sobre cuestiones fundamentales pitagóricas vistas desde el punto de
vista musical y aritmético-geométrico7.
Así las cosas, a día de hoy hay una práctica unanimidad en reconocer como fuente
principal para los cuatro primeros libros la obra musical perdida de Nicómaco de Gerasa,
conocida como Opus maius de musica (Bower, 1978, Pizzani, 1982 y Garrido, 2016: 113),
prometida en varias ocasiones en su Manual de harmónica, un tratado en forma epistolar y
dirigido a una dama anónima. Una lectura de estas páginas boecianas basta para reconocer
en ellas la huella de las definiciones y concepciones aritmético-musicales de este músico
griego del siglo i envueltas en el velo del neopitagorismo. Casiodoro, además, da fe de
que la figura del geraseno, así como sus aportaciones en el ámbito de la aritmética y de
la harmónica, no resultó desconocida para un Boecio interesado en plasmar por escrito la
teoría musical neopitagórica:
Diligenter hanc artem (arithmeticam) apud Graecos Nicomachus exposuit. Hunc
primum Madaurensis Appuleius, deinde magnificus vir Boethius Latino sermone translatum
Romanis contulit lectitandum.
(Nicómaco, entre los griegos, expuso con exactitud esta disciplina [la aritmética].
A traducirlo para leerlo en la lengua de los romanos se dedicaron, primero, Apuleyo de
Madaura, después, Boecio, hombre magnífico en el discurso latino). (Inst. II 7.140-17.20)
Con el fin de entender adecuadamente la importancia que supuso esta obra en la
tradición musical medieval, es menester especificar de manera un poco más detallada el
contenido de cada bloque. El libro primero, una innegable aemulatio boeciana de los tres
primeros libros del perdido tratado musical de Nicómaco de Gerasa, está dedicado a la
exposición dogmática de los principios de la ciencia musical pitagórica, con numerosas
referencias y paralelos tangibles al de Gerasa. Tales principios han sido distribuidos
tradicionalmente por la crítica en seis bloques atendiendo a sus contenidos: comenzando
por la concepción del sonido como cantidad y ratio (3-8) y por la explicación de la razón,
de los sentidos y del descubrimiento, por parte de Pitágoras, de los principios harmónicos
(9-11), Boecio dedica las quince secciones restantes a presentar la naturaleza de la voz y
del oído (12-14), la teoría de los intervalos (16-19) y los nombres, funciones e inventores
de las notas, de su disposición en los tetracordos, géneros y escalas, así como de su
asociación con las órbitas planetarias (20-27). En todos estos apartados, además de su
consideración de la naturaleza de la consonancia, hay innegables ecos de fuentes griegas,
con la única excepción del último grupo de epígrafes, que no tienen paralelo en ninguna
7 Para una profundización acerca de la organización de los contenidos de este tratado tal y como hoy se
conoce, véase Luque, Fuentes, López, Díaz y Madrid, 2009: 19-34.
Page 6
View in PDF(opens in a new window)fuente conservada. Boecio enmarca dicha exposición con las dos formulaciones más
características y vinculadas a él por la crítica. La primera de ellas, inserta en el contexto
de las consideraciones previas filosóficas e históricas acerca del poder y utilidad de la
música, versa sobre la triple división de esta en mundana, humana e instrumentalis (Boeth.
Mus. I 2.187.17-189.13). En la segunda Boecio diferencia entre los que hacen música
(instrumentistas y poetas) y el verdadero musicus, una afirmación que prepara al lector
para lo que se va a relatar en los siguientes libros:
Isque est musicus, cui adest facultas secundum speculationem rationemve
propositam ac musicae convenientem de modis ac rythmis deque generibus cantilenarum
ac de permixtionibus ac de omnibus, de quibus posterius explicandum est, ac de poetarum
carminibus iudicandi.
(Y es músico quien, de acuerdo con una especulación y un cálculo determinado
de antemano y adecuado a la música, tiene la facultad de emitir un juicio sobre los modos
y ritmos, sobre los tipos de cantilenas, sobre las consonancias, sobre todos los temas
que serán posteriormente desarrollados y sobre las composiciones de los poetas). (Mus. I
34.225)
En definitiva, la función introductoria y preparatoria que refleja el primer libro es más
que necesaria, pues sin estos preceptos previos sería muy complicado, si no imposible,
profundizar en el contenido de los dos siguientes, dedicados a las demostraciones de tales
principios según la ratio numerorum. En el libro segundo, Boecio aprovecha la definición
de filosofía por parte de Pitágoras para incluir el empleo que cada una de las disciplinas
matemáticas hace de la cantidad: mientras que la geometría la concibe como la magnitud
fija, la astronomía la considera como la magnitud móvil, la aritmética, como la cantidad
específica y la música la relaciona con otras cantidades (Boeth. Mus. II 227.25-228.2). Tras
esta introducción, aborda en más de una veintena de secciones lo que podría denominarse la
aritmética de la música. Comienza con la teoría de las rationes (4-11) y con la consideración
de las medias aritmética, geométrica y harmónica (12-17), para pasar a la teoría de la
consonancia (18-20), en la que identifica y relaciona cada proporción con su correspondiente
consonancia, excluyendo la onceava (octava y cuarta, 8:3), que Boecio no considera como
tal8. Así, en este aparente continuum, dedica el libro tercero a los intervalos más pequeños,
comenzando por la imposibilidad, en la música pitagórica, de dividir el tono en dos partes
iguales (1-4), una cuestión que tiene paralelos en la Sectio canonis, en Nicómaco de
Gerasa y en Teón de Esmirna, por ejemplo. Sin embargo, la discusión boeciana sobre la
apotomé (5) –el semitono mayor, que, junto con el leimma o semitono menor, conforma
el tono– encuentra su fuente más cercana en el tratado de Gaudencio (siglo iv), mientras
que otras definiciones no aparecen en ninguna fuente griega anterior, si bien es cierto
que los conceptos de kómma, schisma y diasquismo se atribuyen a Filolao9. El término
8 Las principales consonancias de la música griega antigua son aquellas que, desde el punto de vista
pitagórico, se expresaban a través de las proporciones más simples: la octava (2:1), la quinta (3:2), la cuarta
(4:3), la doceava (octava y quinta, 3:1), la doble octava (4:1) y la onceava (octava y cuarta, 8:3).
9 Mientras que para la escuela aristoxénica el semitono se dividía en dos partes exactamente iguales,
los pitagóricos, con sus cálculos, establecieron su división en dos partes desiguales: leimma, o semitono
menor; y apotomé, o semitono mayor. La música griega de tendencia pitagórica consideró, además, una
serie de microintervalos definidos matemáticamente. Es el caso de los aquí mencionados: kómma (κόμμα),
la diferencia entre la díesis, o parte más pequeña del tono (para los aristoxénicos, 1:4 de tono; para los
pitagóricos, el resultado de restar dos veces el intervalo de tono al de cuarta, dando una proporción 256:243,
que es precisamente la del leimma), y la apotomé o su resto mayor. Se sabe de dos concepciones y cálculos
distintos aplicadas a la noción de komma: el komma pitagórico o komma diatónico era la diferencia entre siete
Page 7
View in PDF(opens in a new window)diasquismo (διασχισμός) indica, propiamente, disensión o división. Esta voz era empleada
por los antiguos músicos para indicar el intervalo por el que dos semitonos diatónicos
exceden un tono mayor, representado numéricamente con la proporción 2048:2025. Esta
medida puramente teórica fue explicada y empleada, según Teón, por Filolao (Theo Sm.
49 y 71). Este pitagórico llamó a la parte más pequeña del tono díesis, al resto mayor
apotomé (2187:2048) y a la diferencia entre ellas, kómma. A su vez, la mitad de estos dos
microintervalos son, en terminología pitagórica, el schisma y el diaschisma10.
En el libro cuarto Boecio aprovecha la exposición de las divisiones del monocordo
para presentar su teoría de los modos. Las dos primeras secciones no son sino la versión
latina del proemio y de las nueve primeras proposiciones de la Sectio canonis, seguida
(Barbera, 1980: 237-242), en las dos siguientes, de una discusión sobre notación musical.
La crítica está dividida a la hora de ver en el tratado gaudenciano una fuente o posible fuente
para estos pasajes de Boecio, pues un cotejo de ambos textos evidencia la disposición en
el contenido de cada uno: mientras que Boecio comienza por la modalidad lidia e incluye los
veintiocho símbolos, Gaudencio principia por la hipolidia y únicamente considera dieciocho
signos11. Este argumento no es suficiente para negar una lectura boeciana del tratado de
Gaudencio, pues se ha presupuesto la inclusión, en el documento de este autor, de una
descripción completa de cada modalidad (Bower, 1978: 14-19 y Mathiesen, 2000: 634,
octavas y doce quintas, mientras que Dídimo lo consideró como la diferencia entre el tono mayor y el tono
menor, o entre el semitono diatónico y el leimma pitagórico. En números puede representarse mediante la
proporción 2048:2025. Esta medida puramente teórica es explicada y empleada por Filolao (ap. Boeth. Mus.
III 5 y 8; cf. Theo Sm. 46 y 71), que llamó a la parte más pequeña del tono díesis, al resto mayor apotomé
(2187:2048) y a la diferencia entre ellas, komma. A su vez, la mitad de estos dos microintervalos son, según
la denominación pitagórica, el schisma y el diaschisma. Véase Michaelides, 1978: s.v. “komma”.
10 Sobre la transmisión del texto filolaico en Boecio, véanse nota anterior; Michaelides, 1978: s.v. “diaschisma”;
Barbera, 1980: 200-237; Barker, 1989: 38, núm. 36; Mathiesen, 1998: 76, núm. 22; y Garrido, 2016: 412-438.
Cf. Gaud. Harm. X-XVI (Jan 339.21-344.24).
11 Esta modalidad es una de las quince reconocidas en la música griega antigua. La confusión en los
textos antiguos entre τρόπος, τόνος y ἁρμονία, empleados como sinónimos, ha hecho que algunos manuales
modernos las llamen “escalas de transposición”. A esta confusión se añadió otra motivada por la denominación
que recibieron los tipos de octava, que era igual a la de estas modalidades. Por tanto, la base del problema y
de la confusión generalizada estaba en la relación entre un τόνος determinado y la ἁρμονία homónima. Los
fragmentos musicales conservados demuestran que el músico escribía la melodía en un tono de altura fija, pero
las relaciones interválicas eran propias de un tipo distinto de octava. Es muy probable que la tonalidad elegida
para cada pieza musical dependiera de las características instrumentales del momento, de sus posibilidades
de ejecución por un coro o solista, o de la búsqueda de expresividad. En época aristoxénica los modos eran
trece (así en Cleonid. Harm. XII, Jan 203.5-204.15 y Aristid Quint. I 10) y, más tarde, quince (Aristid. Quint.
loc. cit): lidio, hipolidio, hiperlidio, eolio, hipoeolio, hipereolio, frigio, hipofrigio, hiperfrigio, jonio, hipojonio,
hiperjonio, doria, hipodorio e hiperdorio. El resto de los teóricos griegos solo contaron siete: mixolidio (si-si),
lidio (do-do, aunque para otros, como Aristid. Quint. I 8 y 10, equivaldría a la actual escala de fa), frigio (rere), dorio (mi-mi), hipolidio (fa-fa), hipofrigio o jonio (sol-sol) e hipodorio o eolio (la-la), también llamado por
Gaudencio locrio. Marciano Capela (IX 935) reconoce cinco “fundamentales”: lidio, jonio, eolio, frigio y dorio;
de ellos, la tradición musical antigua solo consideró griegos el jonio, el eolio y el dorio, nombrados así por las
tres tribus autóctonas griegas. El lidio procede, como el frigio, de Asia Menor, pero ambos fueron aceptados
en Grecia, según Ateneo (XIV 20.19-21.16), porque fueron estos pueblos los que acompañaron al rey Pélope
al Peloponeso. Platón critica el modo lidio por ser agudo y apropiado para las lamentaciones (Pl. R. 398d-e),
pero para Aristóteles es el más adecuado para la educación por implicar orden y educación (Arist. Pol. 1342b).
Otros testimonios destacan esta preferencia por el lidio: Aristóxeno (ap. Ps. Plu. Musica, 1136C) dice que
Olimpo fue el primero que tocó al auló con este modo un canto fúnebre en honor a Pitón; Píndaro afirma que
se tocó por primera vez en la boda de Níobe; y Torebo fue el primero en emplearlo, según Dionisio Yambo
(Ath. XIV 20.19-21.16). Este modo era el más agudo de los fundamentales y la dificultad de ejecución de notas
y melodías agudas, en definitiva, respondía a un virtuosismo y excelencia de gran estima por parte de los
músicos profesionales (Ps. Arist. Pr. XIX 37). Véase Michaelides, 1978: s.v. “harmonía” y “tonos”.
Page 8
View in PDF(opens in a new window)núm. 80). Las ocho siguientes secciones muestran las divisiones, por tetracordos, en cada
uno de los tres géneros, una propuesta muy distinta de las tradicionalmente aceptadas
en la teoría musical griega antigua. Esta cuestión, además, prepara la descripción de las
especies de cuarta, quinta y octava (14-17) tras diferenciar los tonos fijos y móviles (13). De
tales especies, además, derivan los ocho modos, quae eosdem tropos vel tonos nominant12,
unas páginas que encuentran sus loci paralleli en Ptolomeo y en Arístides Quintiliano, si
bien la exposición de este último es ajena al concepto de aquel de una octava característica
(Bower, 1978: 35-37). Este libro concluye con la presentación de un método sencillo para
demostrar las tres consonancias primarias en el monocordo (18), un pasaje derivado,
aunque no de una manera exacta, de Ptolomeo (Harm. I 8).
El libro quinto, en cambio, interrumpido en el capítulo decimonoveno, se basa en el
libro primero de la Harmonica de Ptolomeo. Es muy probable, de hecho, que el escrito musical
de Boecio tuviera o pretendiera tener originariamente dos libros más, correspondientes,
cada uno, a los restantes libros de esta obra ptolemaica (Pizzani, 1965 y Bower, 1989:
XXIV-XXXVIII ). El comienzo de este libro considera las diferencias de opinión entre los
músicos griegos antiguos y ofrece una reflexión sobre las virtudes y mejoras que las
experimentaciones musicales con el octacordo darían a los avances musicales frente a las
realizadas con el monocordo. A ello, como complementación, Boecio agrega (2-3) la creencia
ptolemaica de que una combinatio de los fundamentos pitagóricos y aristoxénicos en lo
que a la percepción del sonido se refiere proporcionaría, también, conclusiones musicales
mucho más precisas. Esta propuesta lo lleva a revisar (4-12) el método pitagórico que
determina la base racional de los sonidos e intervalos musicales, rechazándolo finalmente
por ser limitado y proponiendo su propio sistema para clasificar estos elementos de la
harmonía. Ello implica una última consideración de los métodos y divisiones tetracordales
de Aristóxeno y de Arquitas, presentados para introducir la propia división ptolemaica, que
comienza en la última sección de este libro y del tratado e interrumpida abruptamente13.
En definitiva, la importancia de este documento boeciano es doble. Por un lado,
recupera y conserva el tratado musical más amplio y perdido de Nicómaco Geraseno.
En este sentido, el De institutione musica constituye un documento pitagórico de singular
relevancia, reconocido, junto con la Harmonica ptolemaica, como uno de los mayores
escritos musicales dados entre la época de Aristóxeno y los autores de la Antigüedad
Tardía. Por otro lado, esta obra representa el último intento, por parte de un autor latino
hasta la era renacentista, de recoger un tratamiento completo de la teoría musical griega
antigua (Caldwell, 1981: 143). Con todo, Boecio y otros hombres de estudio de su época se
encontraron en sus trabajos con un impedimento velado: la limitación del latín en su intento
por traducir o transmitir los términos y conceptos musicales griegos a las generaciones del
Medievo14.
3. CASIODORO
El historiador, hombre de Estado y monje Flavio Magno Aurelio Cassiodoro (ca. 490ca. 585) pasó a la posteridad, junto con Boecio e Isidoro de Sevilla, como uno de los grandes
transmisores de la cultura romana y clásica al naciente Medievo. A lo largo de su dilatada
carrera ocupó altos cargos políticos y diplomáticos, como quaestor, consul y magister
officiorum, entre otros. Sin embargo, fue su vocación religiosa lo que lo llevó a fundar un
12 Boeth. Mus. IV 15.341: “a los que igualmente denominan tropos o tonos”.
13 Para un cotejo entre los pasajes de Boecio y la Harmonica de Ptolomeo, véase Mathiesen, 2000: 439-447.
14 Sobre esta limitación de la lengua latina, véase Garrido, 2018.
Page 9
View in PDF(opens in a new window)monasterio,15 en el que, aproximadamente desde el año 540, se dedicó, junto a un grupo de
monjes, a compilar y preservar manuscritos antiguos realizando copias de obras cristianas y
seculares.16 Es dentro de este esfuerzo de síntesis temática y afán enciclopédico donde hay
que enmarcar la obra de teoría musical que legó a la posteridad, un conjunto de definiciones
y aproximaciones muy someras a la ciencia musical que formaba parte de una obra mayor
y más ambiciosa: sus Institutiones divinarum et saecularium litterarum (Mynors, 1937: 142150). En este vasto tratado, tras analizar algunos aspectos de las Escrituras y presentar
su exégesis por parte de los Padres de la Iglesia, el autor aborda el canon de las siete
artes liberales, manteniendo siempre el carácter sumario de su exposición para crear no un
tratado técnico-científico musical, sino una herramienta pedagógica. Aunque se fundamenta
en la división del Trivium y Quadrivium17, tal como fuera instaurada por Marciano Capela,
difiere del teórico cartaginés en el orden de presentación de las disciplinae, así como en el
nombre de música para referirse a la ciencia harmónica18.
El interés de Casiodoro por la música aparece bastante atestiguado en el último
período de su vida, del que datan las Institutiones, y en obras anteriores, como su Expositio
psalmorum y19, en especial, la Epistola XL, recopilada en el segundo libro de sus Variae
epistolae (Var. II 40). Su aporte musicológico se inserta en la tradición recogida por Marciano
Capela y sintetizada por Boecio20. Sin embargo, mientras que las obras de estos se centran
en una filosofía pedagógica, Casiodoro apunta a una especie de “reforma cristiana de la
enseñanza superior” (Wille, 1967: 704).
Tras derivar música de las Musas, y estas, a su vez, de la acción de buscar (μᾶσαι21),
las primeras líneas del De musica presentan el arte de los sonidos como algo omnipresente
en los actos humanos, como una disciplina que per omnes actus vitae nostrae hac ratione
diffunditur (“se extiende, por este motivo, a través de todos los actos de nuestra vida”, Inst.
II 5.222). No solo es una actividad que se relaciona estrechamente con la religión, sino que
15 El monasterio de Vivarium, ubicado en el sur de Italia, en la costa meridional de Calabria. Para el contexto
histórico de su fundación, cf. O’Donnel, 1969: 97 ss.
16 Según Mathiesen (2000: 636), al contrario que Boecio y su aporte individual a las traducciones de textos
antiguos, Casiodoro vio necesaria la creación de una comunidad para poder acometer la preservación del
legado griego. Aunque se haya restado a Casiodoro la importancia como instaurador de una tradición de
preservación de manuscritos (cf. O’Donnell, 1969), es indudable que su iniciativa inspiró posteriores esfuerzos
en la tradición monástica. Respecto al conocimiento del griego y su aplicación a la traducción de obras al latín,
tanto del autor como de sus monjes, véase ibídem: 118-119.
17 Para un análisis comparativo del lugar de la música dentro de las Artes Liberales, véase Bower, 2008.
18 En este sentido, Casiodoro parece seguir la denominación adoptada también por Boecio. Cf. Mathiesen,
2000: 630 ss.
19 Una obra con valiosos aportes a la organología y la simbología instrumental. Cf. Wille, 1967: 706-708.
20 Quizá la gran diferencia con el erudito cartaginés sea que las Institutiones casiodoreas evitan cualquier
ropaje literario y se ciñen a una información básica y sumaria de las disciplinae que tratan. Cf. Mathiesen,
2000: 637.
21 Inst. II 5.1: nam Musae ipsae appellatae sunt apo tu maso, id est a quaerendo (“pues las mismas Musas
son invocadas ‘apo to maso’, es decir, para buscar”). Por la relación semántica, es probable que este pasaje
se derive de la afirmación platónica: τὰς δὲ Μούσας τε καὶ ὅλως τὴν μουσικὴν ἀπὸ τοῦ <μῶσθαι>, ὡς ἔοικεν,
καὶ τῆς ζητήσεώς τε καὶ φιλοσοφίας τὸ ὄνομα τοῦτο ἐπωνόμασεν (“en cuanto a las Musas y, en general, a la
música, les dio este nombre, según parece, a partir del verbo desear, así como de la investigación y del amor
por el saber”, Pl. Crat. 406a 3-5). Sin embargo, como se verá en el tratado de Isidoro de Sevilla, la lectura
μᾶσαι es incierta, por lo que se ha intentado relacionar con la etimología de Musa propuesta por Cornuto (siglo
I), i.e. μῶσις (cf. Barney, Lewis, Beach y Berghof, 2006: 95).
22 La sección de las Institutiones dedicada a la música se conoce con el nombre De musica. Cf. Condorelli,
Page 10
View in PDF(opens in a new window)los instrumentos mismos –como el psalterio– tienen la capacidad de reflejar caelestium
virtutum suavis nimis et grata modulatio (“una melodía medianamente suave y agradable
de las virtudes celestes”, Inst. II 5.3).
Siguiendo la estela de Agustín y Boecio, y alineándose con los principios pitagóricos
ya analizados, el autor, al inicio de su tratado, sitúa la música como una ciencia del número23:
Musica scientia est disciplina quae de numeris loquitur, qui ad aliquid sunt his qui inveniuntur
in sonis, ut duplum, triplum, quadruplum, et his similia quae dicuntur ad aliquid. (“La ciencia
de la música es la disciplina que versa sobre los números, que están en relación con los
que se encuentran en los sonidos, como doble, triple, cuádruple y parecidos a estos que se
dicen que guardan una relación con ellos”, Cassiod. Inst. II 5.4).
Casiodoro reagrupa, así, las cuatro ciencias matemáticas como parte doctrinalis de
la parte inspectiva o especulativa de la Filosofía (Cassiod. Inst. II 3.4). Esta definición de
música, ligeramente transformada en Expositio in psalterium24, ocupa también un lugar
especial en el tratado sobre el alma, en el que aparece evocada en relación con el antiguo
tópico de la harmonía de las esferas (Anim. 1.19-21). Aunque aquí los preceptos pitagóricos
al uso aparecen muy bien delineados y el movimiento planetario se describe como un canto
delicioso, su exposición de harmonía y concordancia se extiende también al universo de lo
humano, donde lo afectivo-espiritual aparece en una relación casi física con el sonido.
Teniendo en cuenta la relación de estas dos esferas, en cuyo centro aparece el
número como elemento de cohesión, no es extraño que Casiodoro conciba la música como
un puente entre lo sensible y la realidad trascendente, entre la acción humana y la harmonía
celeste, ya que, como él mismo afirma, la música es una disciplina quae et sensum nostrum
ad suprema erigit et aures modulatione permulcet (“que no solo alienta nuestra conciencia a
lo más excelso, sino que también acaricia los oídos con su melodía”, Inst. II 5.10; Condorelli,
2005: 184).
El tratado continúa describiendo brevemente las partes de la Música: la harmónica
(harmonica), que distingue entre sonidos graves y agudos; la rítmica (rhythmica), que
estudia la sucesión de las palabras y su buena o mala sonoridad; y la métrica (metrica), que
discierne entre los diferentes metros y su aplicación (Inst. II 5.5). Asimismo, pasa revista a
los tipos de instrumentos, que clasifica en tres grupos: de percusión (percussionalia), cuyo
suave tintineo se produce por el choque del duro metal; de cuerda (tensibilia), que deleitan el
oído al ser pulsados con el plectro; y de viento (inflatilia), que, por su naturaleza, son los que
más se asemejan a la voz humana. A continuación, delimita el ámbito de las consonancias
(symphoniae), que define como combinaciones harmónicas de un sonido grave con uno
agudo (Inst. II 5.6). Estas son seis: Prima diatessaron, secunda diapente, tertia diapason,
quarta diapason simul et diatessaron, quinta diapason simul et diapente, sexta disdiapason
(“la primera, la cuarta; la segunda, la quinta; la tercera, la octava; la cuarta, la quinta y la
cuarta; la quinta, la octava y la quinta; la sexta, la doble octava”, Inst. II 5.7)25.
Después de mencionar y explicar las quince tonalidades (toni)26, que define como totius
constitutionis harmonicae differentia et quantitas, quae in vocis accentu sive tenore consistit,
(“la diferencia y el tamaño de toda estructura harmónica, que consiste en el acento o en el
23 Para las fuentes de Casiodoro, véase Mathiesen, 2000: 638 ss. Además de los autores ya mencionados,
hace especial alusión a tratadistas como Arístides Quintiliano, Ptolomeo, Gaudencio, Censorino y Alipio, entre
otros. Como se verá más adelante, paradójicamente el propio Isidoro de Sevilla parece haberse remitido, casi
de manera exclusiva solo a la lectura de Casiodoro y Censorino para la redacción de sus Etymologiae.
24 Exp. in Psal. 692B XCVII.
25 Cf. nota 9.
26 Véase nota 12.
Page 11
View in PDF(opens in a new window)tono de la voz”, Inst. II 5.8), el autor culmina con una alusión mítica al poder de la música,
que en la figura de Orfeo con su lira, o las Sirenas con sus cantos, encarna especialmente
la capacidad para excitatos animos sedarent (“calmar los ánimos excitados”, Inst. II 5.8).
Es aquí donde se logra reconocer el aporte más original de Casiodoro: el planteamiento
ético que se deriva de la harmonía, en tanto ordenamiento interior y exterior por medio del
número. En efecto, según el autor, la música se da en el hombre en la medida en que este
logra seguir los mandamientos divinos y cumplir con las normas morales: Quicquid enim
loquimur vel intrinsecus venarum pulsibus commovemur, per musicos rithmos armoniae
virtutibus probatur esse sociatum. (“En efecto, todo lo que hablamos o la agitación interna
que sentimos por las pulsaciones de las venas se ha demostrado que se asocia, por su
ritmo cadencioso, a las virtudes de la harmonía”, Inst. II 5.2).
El hecho de que aquí Casiodoro retome el antiguo concepto de la música como
scientia bene modulandi27 no implica, como en la tradición pitagórica, únicamente la
dimensión cósmica de ese orden descrito por los sonidos y sus respectivas proporciones,
sino que abarca también la totalidad humana y su esfera ética, en la que la acción virtuosa
se convierte en signo de musicalidad, mientras que el mal obrar sitúa al hombre siempre
fuera de la música: Quod si nos bona conversatione tractemus, tali disciplinae probamur
semper esse sociati. Quando vero iniquitates gerimus, musicam non habemus. (“Pues si
nos tratamos con buenas maneras, siempre demostramos estar asociados a tal disciplina.
En cambio, cuando provocamos una situación incómoda, no tenemos música”, Inst. II 5.2).
Es la síntesis de estos dos aspectos la que, hasta cierto punto, logra Casiodoro.
En palabras de Fubini (1976: 76), con este planteamiento teórico “pitagorismo e nuova
religiosità cristiana si conciliano cosí pienamente”. Pese a su brevedad y concisión, el De
Musica es imprescindible para comprender la profunda transformación dada durante los
siglos vi y vii. En este sentido, el final de la novena sección sintetiza la concepción ética que
dominará toda la práctica musical en la tradición monástica posterior (Inst. II 5.9).
Como se verá, tanto el estilo enciclopédico de Casiodoro como su concepción
científico-ética de la música se verán reflejados en Isidoro, el último eslabón de la cadena
de transmisión de conocimiento hacia la Edad Media.
4. ISIDORO DE SEVILLA
Conocido ampliamente por su función arzobispal en Sevilla durante el siglo vii y
considerado el último de los padres de la Iglesia, Isidoro, un gran erudito, polímata y autor
prolífico, legó a la posteridad uno de los trabajos de compilación y síntesis conceptual más
ambiciosos de su época. Pese al carácter impreciso de muchas de sus formulaciones, las
Etymologiae constituyen una importante fuente de conocimientos de la Antigüedad clásica28.
Son pocas las noticias biográficas sobre la vida temprana de Isidoro. Se sabe que
nació en torno al año 560, en Sevilla, donde su familia se había asentado proveniente de
Cartagena. Su educación estuvo a cargo de su hermano mayor, Leandro, que luego fue
obispo. Poseedor de un conocimiento enciclopédico, así como de una gran elocuencia,
Isidoro escribió alrededor de diecisiete obras, cuatro de ellas sobre temas bíblicos (Barney,
Lewis, Beach y Berghof, 2006: 9). El rango que alcanzan las Etymologiae dentro de este
corpus es bastante relevante, pues se trata de una obra de gran extensión y profundidad,
27 Cf. Aug. Mus. I 2-5. Para un análisis completo del horizonte semántico del concepto modulatio en relación
con el contexto musicológico de la Antigüedad tardía, véase Fubini, 1976: 63 ss.
28 Esta obra también se conoce en el ámbito filológico con el nombre de Origines o con su título completo,
Etymologiarum sive originum libri XX.
Page 12
View in PDF(opens in a new window)y a cuya redacción dedicó, al menos, los últimos veinte años de su vida29. De la naturaleza
y dimensión de este opus da noticia Braulio de Zaragoza, un cercano amigo y discípulo
del sevillano que, además de revisar y editar los manuscritos de las Etymologiae, tras la
muerte del erudito redactó un elocuente elogio (Renotatio Isidori), una síntesis que, entre
otros datos importantes, aporta valiosa información sobre la restante bibliografía del autor
(Braulio, Renot. 356).
El carácter omnicomprensivo de la obra lo equipara a otros trabajos enciclopédicos
que, desde Varrón y Plinio el Viejo, habían intentado compilar de la forma más concisa
y cíclica posible el amplio espectro de las artes liberales, así como otros saberes
concomitantes30. La finalidad de la composición de este vasto tratado era la de acercar al
hombre de su tiempo –en especial, a los miembros de las comunidades religiosas– un saber
general, a través del “correcto y preciso dominio del vocabulario” (Oroz, Marcos y Díaz,
2004: 164) y, sobre todo, como recuerda Braulio, ad restauranda antiquorum monumenta
(“para restaurar los escritos de los antiguos”, Braulio, Renot. 356). Por eso, el estilo de las
Etymologiae tenía como objetivo “no la novedad, sino la autoridad; no la originalidad, sino
la accesibilidad; no aumentar, sino preservar y transmitir el conocimiento” (Barney, Lewis,
Beach y Berghof, 2006: 11). Aunque el afán del autor se centró en determinar el origen
semántico de los conceptos –su sentido verdadero (ἔτυμον) – lo más fielmente posible,
se ha puesto a menudo en evidencia el carácter arbitrario y casi forzado de algunas de
las definiciones que proporciona. A esta dificultad se suma la de las fuentes que utiliza
Isidoro. Según el análisis de trabajos recientes, muchas de las informaciones provenientes
de autores como Cicerón, Lucano, Salustio, Ovidio, Casiodoro, Servio o Solino aparecen
citadas no a partir de los textos directos, sino, la mayoría de las veces, de una segunda o
tercera transmisión (Oroz, Marcos y Díaz, 2004: 193)31. En el caso concreto de la sección
dedicada a la música, la fuente de Isidoro parece haber sido una recensión expandida de las
Institutiones de Casiodoro, más que los tratados antiguos de la tradición griega (Mathiesen,
2000: 640). Como este, también la exposición del hispalense es sintética, abordando los
grandes aspectos de la historia de la música antigua, las anécdotas sobre sus efectos, su
división en harmónica, rítmica y métrica, y la tipología de instrumentos. Desde el punto de
vista técnico, Isidoro no es tan preciso como Casiodoro en su tratamiento de los rudimentos
de las matemáticas musicales –omite las proporciones matemáticas– y en la enumeración
de los tropi, pero sí lo es en su presentación de la rítmica y de la métrica al recordar la teoría
de la arsis y la thesis, y la etimología de la denominación de los pies.
El capítulo que aborda los aspectos de la música dentro del Quadrivum empieza,
como era el caso del De musica casiodoreo, con una definición concisa de la materia
en cuestión: Musica est peritia modulationis sono cantuque consistens (“La música es el
dominio de la melodía, que consiste en el sonido y en el canto”, Orig. III 15.1; ed. W. M.
Lindsay). Esta concepción empírica contrasta con el carácter teórico de otras definiciones
29 Para la datación de Etymologiae, véanse Barney, Lewis, Beach y Berghof, 2006: 3; Oroz, Marcos y Díaz,
2004: 163 y 167 ss.
30 De ahí el concepto de enciclopedia (ἐγκύκλιος παιδεία), que alude a un ciclo de educación (cf. Barney,
Lewis, Beach y Berghof, 2006: 11). Para apreciar esta amplitud temática, basta mencionar solo algunos de los
libros en los que se estructuran las Etymologiae, que, además de las mencionadas artes liberales, abordan los
siguientes tópicos: de medicina; de legibus et temporibus; de Deo, angelis, et fidelium ordinibus; de homine et
portentis; de animalibus; de aedificiis et agris; de bello et ludis; de navibus, aedificiis et vestibus.
31 Para un análisis detallado de las fuentes utilizadas por Isidoro, véase Barney, Lewis, Beach y Berghof,
Page 13
View in PDF(opens in a new window)dadas por el autor dentro del mismo tratado32, y que se alinean más dentro de la tradición
pitagórica (Gómez, 2001: 13-14). Tras hacer una alusión al origen etimológico de música,
que deriva –como Casiodoro– de las musas, el autor nombra a Moisés como uno de los
inventores del arte musical. Es aquí donde menciona, bastante de paso, la célebre leyenda
del descubrimiento pitagórico a partir de la experimentación con los martillos y las cuerdas
tensadas33: Graeci vero Pythagoram dicunt huius artis invenisse primordia ex malleorum
sonitu et cordarum extensione percussa. (“En cambio, los griegos dicen que Pitágoras
descubrió los principios de este arte a partir del sonido de los martillos y de la percusión de
cuerdas tensadas”, Orig. III 16.1).
Sin embargo, es más allá del origen mítico donde el autor sitúa el desarrollo más
importante del arte sonoro, que, además de haber sido introducido en el ámbito de los
ritos sagrados, se utilizó en todo tipo de celebraciones. La actividad musical permeó
prácticamente todas las esferas de la vida: Vt enim in veneratione divina hymni, ita in nuptiis
Hymenaei, et in funeribus threni, et lamenta ad tibias canebantur. In conviviis vero lyra vel
cithara circumferebatur, et accubantibus singulis ordinabatur conviviale genus canticorum.
(
“Pues, de la misma manera que se cantaban himnos en el culto religioso, así también en las
bodas se entonaban himeneos y en los funerales trenos y lamentos con tibias. En cambio,
en los banquetes se hacía circular la lira o la cítara, y entre cada uno de los comensales se
organizaba una especie de canto convival”, Orig. III 16.3).
Esta afirmación lo lleva a una de las conclusiones prácticas más importantes, que
recuerdan nuevamente el lenguaje didáctico-ético que ya se encuentra en Casiodoro:
Itaque sine Musica nulla disciplina potest esse perfecta, nihil enim sine illa. (“Así pues, sin
música no puede haber ninguna disciplina perfecta, pues sin ella no existe nada”, Orig. III
17.1). A continuación, prosigue Isidoro retomando el tópico de la música como una cierta
harmonia sonorum, que encuentra su correlato en el orden de los cuerpos celestes, para
argumentar posteriormente sus efectos sobre el ser humano: Musica movet affectus,
provocat in diversum habitum sensus (“la música mueve los afectos, provoca en el ánimo
un sentimiento diferente”, Orig. III 17.1)34.
En la sección siguiente, el autor cita casi textualmente a Casiodoro en lo que a su
exposición de las tres partes de la música (harmonica, rhythmica, metrica; Orig. III 18.1; cf.
Cassiod. Inst. II 5.5) se refiere, pero difiere de este al introducir otra división ternaria (De
triformi musicae divisione), que comprende la harmonica (i.e., el canto vocal), la organica (el
soplido) y la rhythmica (que establece la medida por medio de la pulsación de los dedos),
que parece remitirse a Censorino35. Tras un desarrollo in extenso de esta división (que
abarca los capítulos 19-21), Isidoro alude al origen de ciertos instrumentos: las cuerdas
(que relaciona con el corazón, cor, cordis), el psalterio (que liga al canto y a la cítara), la lira
(que hace proceder de ληρεῖν, por la varietate vocum que produce), así como el tímpano
(tympanum), el címbalo (cymbalum) y el sistro (sistrum).
Este compendio finaliza con una breve descripción de relaciones matemáticas y
proporciones, que confluye nuevamente en una síntesis de corte pitagórico en la que se
trazan paralelos entre la revolución de las esferas y la harmonía subyacente al microcosmos
(Orig. III 23).
32 Por ejemplo, en Orig. II 24.15.
33 Para un análisis de esta leyenda atribuida a Pitágoras, según la transmite Nicómaco, véase Garrido, 2012.
34 Los ejemplos con los que ilustra este poder de la música van desde el sonido de los aeorófonos, que
enardecen el furor guerrero (concentus pugnantes accendit), hasta el cordófono de David, que logró calmar el
espíritu de Saúl, por medio del arte modulationis.
35 Orig. III 19.1. Cf. Ps. Cens. frg. 11.1.
Page 14
View in PDF(opens in a new window)5. CONCLUSIÓN
A lo largo de estas páginas se ha intentado ofrecer una visión de conjunto de las
obras de los autores tratados en ellas y que representan un período crucial en la Historia
de Occidente, pues, además de haber tendido un puente de unión con la Antigüedad,
lograron influir profundamente en el desarrollo cultural y musical de Europa durante los
siglos posteriores. Sus escritos sobre música, centrados en la compilación y síntesis de
la teoría musical griega antigua, dan muestras de una evolución en el tratamiento de la
música teórica, hasta tal punto que constituyen la base de investigaciones posteriores,
especialmente a partir del siglo ix. Así, sin entrar en cuestiones eminentemente técnicas,
hemos querido explicar cómo dicha evolución implicaba, a su vez, la del pensamiento
filosófico y teológico, y un nuevo giro en los gustos compositivos y estilísticos de la época.
Sin lugar a duda, la importantísima labor de estos autores en la transmisión a la Edad
Media de la música antigua griega y romana ha hecho que sean reconocidos merecidamente
como garantes de la cultura antigua.
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