Sobre Pitágoras
Introducción
Pitágoras nació en la isla griega de Samos y vivió hacia el año 500 a. C. Visitó Egipto y, según se supone, Babilonia. Fundó una escuela en Samos y, tras la ocupación persa, se estableció en Crotona, en el sur de Italia, donde fundó también la hermandad pitagórica.
Pitágoras fue una figura central en la transición del mundo arcaico al mundo clásico. En el mundo arcaico eran los dioses quienes daban forma a la realidad; existía un fuerte apego al mundo físico, al nacer y al perecer, a la vida y a la muerte. En la visión clásica del mundo, en cambio, existe una relación personal y moral con los dioses (o con Dios). Lo divino reside en el alma, y los fenómenos naturales se explican mediante la noción de causalidad.
Nuestra visión actual del mundo se basa en esta visión clásica, fruto a su vez de la filosofía de Pitágoras y de los demás filósofos de la naturaleza, y que sigue siendo la fuente de muchos desarrollos modernos. Esto subraya la importancia de leer e interpretar las fuentes originales en su debido contexto. Estos textos antiguos no deben leerse como prosa o poesía, sino teniendo presente la visión pitagórica del mundo.
Ética
La ética pitagórica está emparentada con la mística órfica. Es difícil distinguir qué elementos pueden atribuirse a los órficos y cuáles a los pitagóricos. En el centro de esta ética estaba la doctrina de la metempsicosis, la transmigración del alma. Aquí encontramos cierta semejanza con el hinduismo. La creencia en la metempsicosis implicaba también la abstención de productos animales. La ética pitagórica se expone en los Versos de oro.
Los Versos de oro
Estos versos describen un modo de vida que conduce a la divinidad del alma y probablemente fueron escritos por uno de los seguidores de Pitágoras. Los Versos de oro se pusieron en práctica primero en la hermandad pitagórica del sur de Italia y más tarde en las comunidades pitagóricas posteriores.
- Honra primero a los dioses inmortales, en el orden establecido por la costumbre,
- y respeta tu juramento. Venera después a los nobles héroes
- y a los espíritus de los difuntos, cumpliendo los ritos prescritos.
- Honra a tus padres y también a sus parientes más cercanos.
- Entre los demás, elige como amigo al que sobresale en virtud.
- Cede ante sus palabras amables y sus acciones útiles,
- y no odies a tu amigo por una falta pequeña,
- mientras puedas hacerlo. Pues la capacidad habita cerca de la necesidad.
- Sabe, pues, esto, y acostúmbrate a dominar lo siguiente:
- ante todo el estómago, el sueño, la lujuria
- y la ira. No hagas nunca nada vergonzoso, ni con otro
- ni a solas. Avergüénzate sobre todo ante ti mismo.
- Practica además la justicia de obra y de palabra,
- y acostúmbrate a no ser irreflexivo en nada,
- sino sabe que a todos les está destinada la muerte,
- y que los bienes suelen adquirirse hoy y perderse mañana.
- Pero cualesquiera dolores que padezcan los mortales por la acción divina del destino,
- sea cual sea tu suerte, sopórtala y no te irrites.
- Conviene remediarla en lo posible, y dite a ti mismo así:
- el destino no da a los buenos muchos de estos sufrimientos.
- Muchas palabras asaltan a los hombres, malas y buenas.
- No te dejes aturdir por ellas, ni permitas
- que te detengan. Si se dice algo falso,
- retírate con amabilidad. Pero que lo que voy a decirte se cumpla en toda ocasión:
- que nadie te persuada, ni con palabras ni con hechos,
- a hacer o decir lo que no es lo mejor para ti.
- Delibera antes de actuar, para que no resulten necedades.
- Es propio del hombre sin valor hacer o decir insensateces.
- Lleva a cabo, en cambio, lo que después no te aflija.
- No hagas ni una sola cosa que no entiendas, sino aprende
- lo necesario, y así llevarás una vida muy placentera.
- No descuides tu salud corporal,
- sino guarda la justa medida en la bebida, la comida y los ejercicios físicos.
- Por justa medida entiendo aquello que no te aflija.
- Acostúmbrate a un modo de vida puro, no muelle,
- y guárdate de hacer lo que provoca envidia.
- No gastes a destiempo, como quien ignora lo que es bueno,
- ni seas tacaño. La justa medida es en todo lo mejor.
- Haz lo que no te dañe, y reflexiona antes de actuar.
- No acojas el sueño sobre tus tiernos ojos
- antes de haber repasado tres veces cada una de las acciones del día:
- «¿En qué he faltado? ¿Qué he hecho? ¿Qué deber he descuidado?»
- Empezando por la primera, recórrelas una a una, y luego,
- si has hecho cosas malas, repréndete; pero si has hecho el bien, alégrate.
- Esfuérzate en esto, medítalo, debes desearlo con pasión;
- esto te pondrá en las huellas de la Virtud divina,
- sí, por aquel que transmitió a nuestra alma la tetraktys,
- fuente de la naturaleza perenne. ¡Pero a la obra!
- y pide a los dioses que te concedan el cumplimiento. Cuando hayas dominado estas cosas,
- conocerás la esencia de los dioses inmortales y de los hombres mortales,
- cómo penetra cada cosa y cómo cada cosa es gobernada [por ella].
- Conocerás, como es justo, la naturaleza, semejante en todo,
- de modo que no esperes lo que no se ha de esperar, ni nada se te escape.
- Conocerás que los males que sufren los hombres se los causan ellos mismos,
- los desdichados, que no ven el bien aunque esté cerca,
- ni lo oyen. Pocos comprenden cómo librarse de sus males.
- Tal es el destino que daña su mente: como piedras que ruedan,
- son llevados de aquí para allá, padeciendo males sin fin.
- Pues una funesta compañera innata, la Discordia, los ha dañado
- sin que lo noten. No hay que fomentarla, sino apartarse y huir de ella.
- Padre Zeus, sin duda librarías a todos de muchos males
- si mostraras a todos qué daimon tienen.
- Pero ten valor, pues los mortales son de origen divino,
- y a ellos la Naturaleza les revela y muestra cada cosa sagrada.
- Si participas de esto, dominarás lo que te mando mediante una curación completa,
- y salvarás tu alma de estos sufrimientos.
- Pero abstente de los alimentos que hemos mencionado en las Purificaciones
- y en la Liberación del alma, con discernimiento, y considera cada cosa
- poniendo al mando, como auriga, la excelente facultad del juicio.
- Entonces, si dejas atrás el cuerpo y llegas al libre éter,
- serás inmortal, un dios imperecedero, ya no mortal.
Traducción española basada en la traducción inglesa de Johan C. Thom. Véase también el Boletín 14.
Vegetarianismo
Los pitagóricos llevaban una vida ascética. El respeto por la vida era esencial: el vegetarianismo era la norma y se abolió el sacrificio de animales a los dioses. Por ello, Pitágoras puede considerarse el fundador del vegetarianismo en Europa. Hasta la segunda mitad del siglo XIX, a quien se abstenía de la carne y de los productos animales se le llamaba pitagórico; solo más tarde se introdujo la palabra vegetariano. El vegetarianismo llegó a ser más o menos sinónimo del modo de vida pitagórico, aunque este abarca mucho más que una dieta sin carne.
Astronomía, música y teoría de los números
Los pitagóricos también hicieron grandes aportaciones a la astronomía. Suponían que la Tierra era esférica, tanto por la observación como porque, en su opinión, la esfera era la forma más perfecta y la que mejor encajaba en su sistema. Expresando las distancias entre los cuerpos celestes en tonos y semitonos, Pitágoras llegó a su (séptuple) armonía de las esferas. La escala cósmica tiene una nota fundamental muy particular que nunca percibimos, porque no hay un solo momento en que no la oigamos. Se dice que el propio Pitágoras podía oírla.
Los pitagóricos se dedicaban mucho a la música. Descubrieron que existe una relación entre la longitud de una cuerda sobre una caja de resonancia y la altura del sonido. Esto llevó a comprender la importancia de las proporciones cuantitativas. Los pitagóricos quedaron tan impresionados por la importancia del número y de las proporciones numéricas (armonía) que declararon el número fundamento de todo lo que existe, la esencia de todas las cosas. El conocido teorema sobre los triángulos rectángulos que lleva el nombre de Pitágoras ya se conocía mucho antes de él.
El pitagórico Ecfanto enseñó que la Tierra gira sobre su propio eje. Más tarde se hizo girar a algunos planetas alrededor del Sol, y Aristarco de Samos (hacia el 280 a. C.) situó el Sol en el centro, con la Tierra y los planetas girando a su alrededor. No fue hasta los siglos XV y XVI cuando Copérnico desarrolló esta idea.